Tras el telón

admin

Bajo las luces cálidas de un pequeño teatro en el corazón de la ciudad, el telón rojo temblaba apenas, como si también estuviera nervioso. Detrás, Alma respiraba hondo, ajustando los guantes de satén que le llegaban hasta los codos. No era su primera vez en el escenario, pero cada noche sentía esa mezcla de vértigo y magia, como si estuviera a punto de saltar al vacío… o de volar.El presentador anunció su nombre con una voz grave y juguetona. La música empezó suave, con un ritmo de jazz antiguo, y el telón se abrió lentamente.Alma apareció inmóvil, envuelta en plumas negras que brillaban con destellos dorados. Durante unos segundos, no hizo nada. Solo miró al público, uno a uno, como si los conociera de toda la vida. Esa era su especialidad: antes de bailar, creaba un pequeño secreto compartido.Entonces comenzó.Un giro lento, una sonrisa insinuada, un movimiento de caderas que parecía contar una historia sin palabras. El burlesque, para ella, no era solo quitarse capas de ropa, sino revelar capas de sí misma: la tímida, la audaz, la soñadora. Cada gesto estaba medido, cada pausa era tan importante como el movimiento.El público reía, aplaudía, contenía la respiración. No era un espectáculo vulgar, sino elegante, lleno de humor y complicidad. Cuando Alma dejó caer uno de sus guantes al suelo, lo hizo con una teatralidad exagerada que arrancó carcajadas. Cuando lanzó una mirada pícara a la primera fila, alguien se sonrojó.Pero en medio del juego, había algo más profundo. En cada paso, Alma reclamaba el espacio, su cuerpo, su historia. El escenario era suyo, y por esos minutos, nadie podía arrebatárselo.La música alcanzó su punto más alto. Alma giró una última vez, dejando que las plumas volaran alrededor como un pequeño torbellino. Luego, se detuvo en seco, con una pose final que mezclaba fuerza y delicadeza.Silencio.Y después, una ovación.Al volver tras el telón, el corazón le latía con fuerza. Sonrió, no por el aplauso, sino por esa sensación única: la de haber sido completamente ella misma frente a desconocidos… y haberlos hecho soñar, aunque fuera por unos minutos.

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