verguenza

Cómo vencí la vergüenza en el burlesque: lo que cambió en el show de drag queens

Yo no tengo sentido del ridículo.

Lo digo en serio. Nunca lo he tenido demasiado. Así que cuando empecé las clases de burlesque, la vergüenza no me venía de ahí.

Me venía de otra parte.


De dónde venía mi vergüenza en el burlesque

No era miedo al ridículo. Era miedo al cuerpo.

Al mío. A mostrarlo. A que estuviera ahí, bajo los focos, ocupando espacio, siendo visto por personas que no me conocían y que iban a tener una opinión aunque no me la dijeran.

Y también era miedo a equivocarme.

En clase nos decían algo que tardé tiempo en creerme de verdad: no nos equivocamos, hacemos nuestro propio número. Si algo sale diferente a lo planeado, es una decisión artística. El público no tiene el guión — no sabe lo que tenía que pasar.

Lo entendía con la cabeza. Tardé más en entenderlo con el cuerpo.


Los tacones y el miedo a caerse

Hay un miedo específico del burlesque que nadie menciona antes de empezar.

Caerte con los tacones encima del escenario.

No es un miedo irracional. Es completamente razonable. Los tacones cambian tu centro de gravedad. El escenario a veces tiene el suelo diferente al del aula. Y hay momentos en el número — giros, bajadas, el trabajo con la silla — donde el equilibrio es lo único que te separa de un momento muy poco glamuroso.

Yo pensaba en eso. Más de lo que debería.

Lo que aprendí es que el miedo a caerse se trabaja igual que cualquier otra cosa: ensayando con los tacones desde el principio, no solo al final cuando el número ya está montado. El tacón tiene que ser parte del cuerpo, no un accesorio que te pones el día del show.


Cómo vencí la vergüenza: el show de drag queens

Hay un momento en que la vergüenza deja de importar.

No desaparece de golpe. No hay una revelación dramática. Simplemente un día te das cuenta de que ya no está ocupando el mismo espacio que antes.

Para mí ese momento fue en el show que hicimos de drag queens.

Íbamos todas caracterizadas. Pelucas, maquillaje exagerado, vestuario de otro planeta. Y en ese show pasó algo curioso — la distancia entre yo y el personaje era tan grande que la vergüenza no encontró dónde agarrarse.

No era mi cuerpo el que estaba ahí. Era el personaje. Una drag queen con toda la actitud del mundo y cero disculpas.

Y de repente todo era más fácil. Los movimientos, la mirada al público, ocupar el espacio sin pedir permiso.

Cuando bajé del escenario algo había cambiado. No de manera dramática. De manera permanente.


Lo que quedó después

La vergüenza no volvió igual.

Siguió habiendo nervios — los nervios no desaparecen, ya he aprendido eso. Pero la vergüenza del cuerpo, el miedo a equivocarme, la preocupación por lo que iba a pensar el público — eso se fue quedando más pequeño con cada show.

El burlesque tiene eso. Te obliga a estar presente de una manera que no deja espacio para la vergüenza. O estás en el número o estás pensando en lo que puede salir mal. Las dos cosas a la vez no caben.

Y cuando eliges estar en el número — de verdad, completamente — la vergüenza simplemente no tiene sitio.

Mi primer show de burlesque: 5 cosas reveladoras que pasaron en ese teatro de BarcelonaSi quieres leer sobre los errores reales que cometí antes de llegar a este punto, en este blog cuento los errores de principiante en burlesque que me pasaron de verdad — con pezoneras, enganches y guantes que no salían.

Y si estás al principio de este camino y los nervios todavía mandan, en este blog también hablo de cómo prepararte mentalmente para tu primera actuación — porque lo que pasa dentro de tu cabeza importa tanto como la coreografía.

«La drag queen no tenía vergüenza. Yo aprendí de ella.»
— Lady Xana

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