El despertador a las 5 y una coreografía heavy metal que ya me estaba llamando
Miarma, hay días que sabes desde el minuto uno que se quedarán grabados en algún cajón de tu memoria para siempre. Este fue uno de ellos. El despertador sonó a las 5 de la mañana, todavía de noche cerrada, y lo primero que pensé —medio dormida, medio ya montándome el look mentalmente— fue: «¿pero yo qué hago despierta a estas horas para grabar una coreografía heavy metal?». Vivo lejos de Barcelona, así que tocaba coger el tren, y no hay nada que te despeje más rápido que el miedo a perderlo y que se vaya todo el plan al garete.
Íbamos a grabar un vídeo con el grupo de Sensual Beats, y la propuesta era tan loca como emocionante: llevar el burlesque a espacios que normalmente no lo ven, con una coreo de heavy metal que rompía completamente con la estética clásica que suelo hacer. Nada de plumas suaves ni terciopelo romántico. Esto era cazadora de cuero negro, choker ajustado al cuello, medias de rejilla asomando bajo un short desgastado y una melena suelta que el viento se encargó de despeinar a su antojo. Fuerza, actitud, y esa energía que se sentía casi punk.
Vestirme de fiera antes de que Barcelona despertara
Recuerdo estar preparándome en casa con la luz todavía apagada fuera, poniéndome el choker y pensando que ese detalle, tan pequeño, ya marcaba la diferencia respecto a mis looks habituales. Nada de corsés ni plumas. Esta vez todo pedía cuero, remaches, botas altas con hebilla y una mirada dura, casi desafiante, para estar a la altura de la música.
Llegué justo, con los ojos todavía intentando abrirse del todo, pero con la adrenalina ya empezando a subir en cuanto me vi con el look completo puesto frente al espejo del baño. Nos juntamos como grupo y el plan era grabar en varias localizaciones: el metro, la Ciudad de la Justicia y algunas calles del centro. Sí, tal cual suena: burlesque metalero en pleno transporte público a horas en las que Barcelona todavía bosteza.
Rejillas y rascacielos: un contraste que no esperaba
Lo curioso —y esto me hizo mucha gracia después— es que casi no había gente. Las calles estaban prácticamente vacías, ese silencio raro que tiene la ciudad antes de que empiece el ajetreo normal. Y ahí estaba yo, con la cazadora abierta dejando ver la camiseta del grupo, el cuero crujiendo con cada movimiento, posando bajo esos edificios enormes de cristal de la Ciudad de la Justicia que parecían mirarme desde arriba, casi juzgando tanto contraste.
Porque eso fue lo que más me marcó, si te soy sincera: la mezcla entre la solemnidad arquitectónica del lugar y nuestra estética completamente desatada. Yo con las medias de rejilla, el choker apretado, la mirada intensa que me sale sin pensar cuando suena el heavy… y de fondo, edificios institucionales tan serios que ni pintados para un contraste tan bestia.
El momento en el que el metro nos recordó que estábamos en la vida real
Aquí viene la parte que más me hizo reír después, aunque en el momento me dio un vuelco el estómago. Estábamos grabando en el metro y, de repente, a la compañera que llevaba la cámara le pidieron los permisos. Ahí estaba yo, con el vestuario puesto, media coreografía en la cabeza, el pelo ya hecho un desastre precioso por el aire del andén, pensando «por favor que no nos corten el rollo ahora». Ese tipo de imprevistos son los que te recuerdan que el burlesque en la calle no tiene guion fijo, aunque tú lo hayas ensayado mil veces en casa.
Al final se resolvió, pero durante esos minutos sentí esa mezcla tan particular de nervios y ganas de reírme de la situación. Como cuando estás en clase de teatro y de repente entra alguien que no debería estar ahí y todos intentáis no partiros de risa con el careto serio puesto.
Reflexión personal: cuando el cansancio se convierte en fuerza
Ya en el tren de vuelta, agotada, con el maquillaje corrido y las botas pesándome como si fueran de plomo, me puse a pensar en lo que acababa de vivir. No fue un show en un teatro con público entregado ni un escenario preparado con luces perfectas. Fue crudo, fue real, fue nosotras llevando el arte a la calle sin red de seguridad, vestidas de cuero y rejilla bajo un sol de esos que en Barcelona pega fuerte incluso a primera hora.
Y quizás por eso me emocionó tanto. Porque el burlesque no siempre necesita un escenario perfecto para tener sentido. A veces necesita el metro de Barcelona a las 8 de la mañana, un choker apretándote el cuello, un grupo de mujeres compartiendo nervios y risas, y las ganas de contar algo distinto aunque las calles estuvieran vacías.
Hay quien piensa que el burlesque es solo glamour, plumas y luces tenues. Y sí, amo esa parte —lo sabéis quienes leéis habitualmente mi blog, pero también amo estos días de guerrilla creativa, donde todo puede torcerse en cualquier momento y aun así sale algo hermoso, aunque el look sea tan distinto a lo que suelo llevar.
Cuando el arte se cuela en la rutina de una ciudad dormida
Lo que más me quedó de aquel día fue la sensación de estar haciendo algo casi clandestino, en el buen sentido. Nadie esperaba vernos ahí, vestidas así, entre trajes de oficina y maletines. No había un cartel anunciando el show, ni un teatro con entradas vendidas. Solo estábamos nosotras, la música sonando en la cabeza aunque no hubiera altavoces, y esa determinación de sacar adelante la coreo pase lo que pase, con las botas resonando en el suelo y el cuero brillando bajo el sol.
Y creo que eso es parte de la esencia del burlesque: adaptarse, improvisar, sostener la actitud aunque un guardia de seguridad te pida los permisos en pleno metro y tú estés ahí, con medias de rejilla y cara de pocos amigos, intentando no reírte del momento. El espectáculo, muchas veces, empieza mucho antes de que se encienda cualquier luz.
Cierre cercano
Miarma, si algún día veis el vídeo en YouTube y os preguntáis por qué en algunos planos aparezco con esa mirada rota, medio dormida y medio fiera, ya sabéis el motivo: cinco de la mañana, un tren, un metro con permisos de por medio, un choker apretándome el cuello y unas ganas locas de hacer algo diferente. Grabar aquella coreografía heavy metal en Barcelona fue una experiencia que llevo grabada en el cuerpo, literalmente, porque al día siguiente no podía ni levantar los brazos ni quitarme del todo el rímel corrido.
No es solo una coreografía heavy metal.
Es el madrugón, el tren, el frío de la mañana en la piel, el cuero ajustado, las miradas inesperadas, el susto en el metro… y esa sensación brutal de estar haciendo algo que no todo el mundo se atrevería a hacer.
Porque a veces el burlesque no es pluma, copa de champán y luz dorada.
A veces el burlesque es asfalto, botas, cuero, cansancio y una canción heavy atravesándote el cuerpo.
Y ese día, en Barcelona, yo no fui solo Lady Xana.
Fui actitud.
Fui ruido.
Fui presencia.
Fui una mujer ocupando espacio sin pedir perdón.
Y eso, miarma, también es burlesque.
Y aun así, si me lo propusieran otra vez, no lo dudaría ni un segundo. Porque esto es lo que amo del burlesque: nunca sabes qué te vas a encontrar, ni quién te va a estar mirando, ni si el metro te va a parar a media coreografía. Solo sabes que, pase lo que pase, vas a salir con una historia que contar, aunque sea con las medias rotas y el maquillaje corrido por el viento de Barcelona.
Nos vemos en el próximo capítulo del diario, con más anécdotas, más nervios y, seguro, algún que otro imprevisto que me haga reír meses después.
