taller de maquillaje

Taller de maquillaje durante la pandemia

Taller de maquillaje burlesque: volver a sentir que iba a bailar

El primer taller de maquillaje burlesque al que fui durante la pandemia no fue solo un taller. Fue una especie de salvavidas con purpurina.

Recuerdo perfectamente ese día. Tenía el neceser abierto sobre la cama desde la mañana, como si fuera a actuar esa misma noche. Y no. Solo iba a sentarme frente a un espejo, con distancia, y un montón de ganas acumuladas.

Pero algo dentro de mí estaba nervioso… nervioso de ese modo bonito, como cuando sabes que en unas horas vas a subirte al escenario.

Y es que, aunque no hubiera público, yo necesitaba volver a sentirme artista.


Llegar al taller de maquillaje burlesque con el corazón acelerado

Entré a la reuníon con esa mezcla rara de emoción y respeto que teníamos todas en ese momento. Gel en las manos, miradas que sonreían por encima de la mascarilla, y una sensación compartida de “qué ganas tenía de esto”.

El olor a maquillaje me golpeó como un recuerdo.

Base, polvos, laca… ese aroma que siempre asocio con camerinos pequeños, luces cálidas y risas nerviosas antes de salir.

Y de pronto pensé: “vale, esto se parece demasiado a prepararme para bailar”.

No sé si te ha pasado alguna vez, pero hay rituales que son más que rutina. Para mí, el maquillaje siempre ha sido el comienzo del personaje. Ese momento en el que dejo de ser yo… o quizás empiezo a ser más yo que nunca.

Me senté frente al espejo y me quedé unos segundos mirándome. Sin empezar. Solo observando.

Hacía meses que no me miraba así.


El espejo, la brocha… y esa chispa que creía dormida

En el taller de maquillaje burlesque, mientras empezábamos con la piel, noté algo muy curioso: mis manos sabían exactamente qué hacer.

Como si no hubiera pasado el tiempo.

La brocha rozando la mejilla. El delineado que siempre me tiembla un poco al principio. Ese momento en el que te acercas demasiado al espejo para ver si el trazo está perfecto (y nunca lo está, pero da igual).

Y entonces pasó. Sonreí. Sin darme cuenta.

Porque estaba volviendo a ese lugar donde todo empieza. Ese momento íntimo antes del espectáculo donde aún no hay aplausos, pero ya hay magia.

Me acordé de muchas noches. De camerinos compartidos. De corsés apretados. De pestañas postizas que nunca salen a la primera (ni a la segunda).

Si has leído alguna vez mis historias sobre escenario, sabes de lo que hablo:
https://ladyxana.es/burlesque/

Ese pequeño caos bonito antes de salir.


Prepararme sin escenario… pero con la misma emoción

Hubo un momento en el taller que me atravesó. Estábamos trabajando los ojos. Glitter, profundidad, intensidad. Y alguien dijo algo como: “esto es para que se vea desde lejos”.

Y se me encogió un poquito el pecho. Porque no había “lejos”. No había escenario. No había público. No había ese murmullo previo que tanto echo de menos. Pero, aun así, yo seguía maquillándome como si fuera a salir.

Y ahí entendí algo. No me estaba preparando para que me vieran. Me estaba preparando para sentirme.

Y eso cambió todo. De repente, cada paso del taller de maquillaje burlesque dejó de ser técnico y se volvió emocional. No importaba si el eyeliner estaba perfecto. Importaba que yo volvía a reconocerme en ese reflejo.


La magia de compartirlo (aunque estuviéramos separadas)

Otra cosa que me sorprendió fue la energía del grupo. No podíamos abrazarnos. No podíamos acercarnos demasiado. Pero había una complicidad silenciosa que se notaba en cada gesto.

Una levantaba la mirada del espejo y otra le devolvía una sonrisa con los ojos. Otra se reía porque el labial se le había ido un poco… y todas entendíamos ese momento.

Porque el burlesque también es eso. Imperfección compartida. Me recordó mucho a cuando hablo de comunidad en el burlesque, algo que siempre me ha marcado profundamente:
No es solo lo que haces, es con quién lo compartes.

Y en ese taller de maquillaje burlesque, aunque todo era distinto, la esencia seguía intacta.


Cuando terminé… y no quería desmaquillarme

Al acabar, nos miramos. Y fue bonito. Muy bonito. Porque no éramos las mismas que habían entrado. No por el maquillaje en sí. Sino por lo que había despertado.

Yo me veía… y me reconocía.

Esa mirada intensa. Ese brillo en los ojos. Esa pequeña sonrisa de “estoy lista”. Lista para qué, no lo sabía exactamente. Pero lista. Y no quería desmaquillarme.

Me quedé en casa así. Con todo puesto. Con el eyeliner bien marcado, el labial perfecto (milagro) y una sensación que hacía tiempo que no sentía.

Y pensé: “ahí estás”.


Taller de maquillaje burlesque: lo que realmente me llevé ese día

Podría decirte que aprendí técnicas nuevas.

Que mejoré el difuminado.

Que descubrí productos.

Pero la verdad es otra.

Ese taller de maquillaje burlesque me devolvió una parte de mí que estaba en pausa.

Me recordó que el ritual es importante.

Que no necesito un escenario para sentirme artista.

Que el burlesque empieza mucho antes del aplauso.

Empieza cuando te sientas frente al espejo y decides mirarte con intención.

Si alguna vez te has sentido desconectada de ti misma, o de tu parte más creativa, te prometo que volver a estos pequeños rituales cambia algo por dentro.

A mí me lo cambió.

Y si quieres profundizar un poco más en todo lo que rodea este mundo que tanto amo, puedes curiosear también aquí: en historia del burlesque

O incluso perderte en referencias más amplias como:
https://es.wikipedia.org/wiki/Burlesque
https://www.britannica.com/art/burlesque-entertainment

A veces entender de dónde viene todo esto también ayuda a sentirlo más.


Cierre (con café imaginario incluido)

Si estuvieras ahora mismo sentada conmigo, con un café entre las manos, probablemente te diría esto:

no esperes a tener un escenario para arreglarte como si fueras a bailar.

Hazlo un martes cualquiera.

Ponte ese labial.

Hazte ese eyeliner que te intimida un poco.

Mírate.

Y quédate un momento ahí.

Porque a veces, lo único que necesitamos… es volver a reconocernos.

Y ese día, en ese pequeño taller de maquillaje burlesque, yo volví a hacerlo.

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